sábado, 10 de junio de 2017

El yayo Manuel


No ha sido tan difícil esta vez, pienso mientras me pide disculpas un policía que casi me atropella caminando de manera apresurada en dirección contraria.
Oigo la sirena del coche de policía inmovilizado por un camión de butano parado sin conductor, debe andar repartiendo... y estas calles son tan estrechas!

Andrés Braguero Giménez, así se llamaba, y digo "llamaba" porque ya está muerto (de eso me aseguré). No sé bien qué edad tenía pero rondaría los setenta, bien llevados eso sí, pero calculo que esa sería su edad.
Es curioso, no habría llamado mi atención si no fuera porque como decían los periódicos, este venerable anciano poseía media docena de pisos en las mejores zonas de Barcelona, mientras que él sin embargo vivía en este viejo barrio del Pueblo Seco, en la calle Salvá más concretamente. Esto lo he averiguado un día que decidí seguirlo para saber más sobre él, al fin y al cabo no tenía nada mejor que hacer.

Como decía antes, tenía esos seis pisos y por lo que se rumoreaba en el barrio, su cartilla de ahorros no era ninguna tontería. Austero, poco hablador y poco dado a hacer gasto en el barrio.
Si bien es cierto que todos tenemos más de una vida y la solemos vivir a la vez, en su caso esa otra vida se llamaba Irene, una prostituta de lujo de esas que en mi caso, ni ahorrando durante meses me hubiese alcanzado para pasar una hora con ella, pero eso no me molestó ni mucho menos, en todo caso envidia sana, eso sí.
No sé en qué momento exacto decidí que él sería mi tercera víctima, lo que sí sé, es que lo hice porque quería devolverle un poco de alegría a la gente. Andrés Braguero, hacía años que tenía que haber sido condenado. Estafó a miles de ancianos con unas inversiones en la construcción de unos paradisíacos centros donde pasar los últimos años. Fue descubierto y condenado pero siguió en libertad. Ya se sabe... las apelaciones y unos buenos abogados hacen milagros.

Supongo que estaría jubilado, al igual que yo, y dando por hecho que se aburría habría decidido volver a las andadas, total, era insolvente según su abogado, y además, con su edad ya no iban a meterlo en la cárcel.

No fue difícil la verdad, sus rutinas cuando vivía en el barrio eran sencillas. Salía a comprar el pan cuando amanecía y después volvía a casa. Era hombre de costumbres y hasta las once no llegaba la señora que limpiaba su piso.
Resultó muy sencillo. Me senté en los escalones de la entrada esperando su llegada. No había peligro, hacía tiempo que había comprado la finca y era el único habitante de este viejo inmueble. A Andrés Braguero no le gustaba tener vecinos.

El día anterior, aprovechando la entrada del cartero me colé. Este ni se fijó en mí. Esperé que saliera y simplemente puse en la vieja cerradura un papel bien doblado y apretado.

Braguero llegó al inmueble y le escuché trastear con la llave. No llegó a verme hasta que cerró la puerta de la calle y encendió la luz de la escalera. Fue gracioso ver su cara, primero sorpresa y luego indignación, por lo que no pude evitar que se me escapase una sonrisa.

Todo fue muy rápido la verdad, el cuchillo de cocina que hasta entonces se escondía bajo mis ropas se hundió con facilidad sobre las suyas. Sentí como rasgó su jersey, la camisa a rayas y supongo que la camiseta.  
No me preguntéis qué se siente al hacerlo. La verdad es que me gustaría poder dar una buena definición sobre esto, pero ha sido tan rápido que sólo puedo decir que ha sido algo así como abrir una cremallera.

 Le arrastré dejándole en el hueco que había bajo la escalera y, tomando sus llaves, subí a su piso, al 2º B para ser más exactos. Había limpiado superficialmente el cuchillo en su jersey. No deseaba que el goteo fuese a mancharme, que la sangre sale muy mal de la ropa.

Su piso era un poco el reflejo de su vida. Muebles viejos y de baja calidad compartían piso con un vestidor curioso en el que había ropa de Armani, trajes y corbatas que de baratas no tenían nada, junto con una colección de relojes que no parecían haber sido adquiridos en el bazar chino de la esquina.

Dejé el cuchillo en la pica de la cocina y continué curioseando por la casa. Sospecho que no se fiaba mucho de los bancos pues el primer cajón de la mesilla estaba lleno de paquetes de 500 euros, atados con gomas y bien organizados.
Era un hombre ordenado, como mínimo con el dinero,  pues conforme abría cajones iba descubriendo que los fajos de billetes estaban organizados de mayor a menor, y todos los cajones estaban llenos!
No se me ocurrió contar cuánto dinero había allí, pero seguro que me daría dolor de cabeza al hacerlo.
Los volví a cerrar. Ya se encargaría la policía de contarlos, copón!. 

Sabía que no tenía ningún familiar, así que imagino que los abogados de toda aquella gente a la que estafó, reclamarían de toda esa cantidad de dinero las indemnizaciones que con un poco de suerte llegarían a cobrar sus nietos, pues ya se sabe que aquí la justicia es un poco lenta, pensé.

Cuando bajé la escaleras casi me resbalo con la sangre del difunto. Continué caminando con sumo cuidado ya que una caída a mi edad podría ser fatal.
Joder!, tuve que volver a subir porque había olvidado recoger el cuchillo. Mi memoria está fatal!. Lo limpié mientras recordaba que debía dejar las llaves del difunto en su bolsillo. Por suerte eso no lo olvidé!.

Ya eran cerca de las diez, y yo, nunca perdono mi desayuno. El bar del Andrés estaba cerca, a tres calles, y sus bocadillos de chistorra eran mi perdición, por más que el médico me había advertido que debía cuidar mi colesterol.
La rutina de leer el periódico mientras comía y luego un buen carajillo de coñac, no me lo quitaba nadie.
 Andrés estaba parco en palabras ese día y eso era raro. Estuve a punto de preguntarle pero caí en la cuenta de que el Barça había perdido ayer y eso le afectaba mucho. "Que le den", pensé, yo soy del Espanyol!.

A la salida escuché las primeras sirenas. Miré la hora, las once y diez, la señora Manuela, habría llegado para limpiar la casa y la escalera. Lo sentí por ella, las manchas de sangre secas en el suelo son un coñazo para limpiar.
La policía había cortado la calle y la gente comenzó a buscarse un buen lugar en el que poder observar la escena. Los más rápidos ya habían ocupado la acera de enfrente, que teniendo en cuenta que las calles no eran muy amplias, era como tener asientos de primera.
-Pobre hombre- comentó una señora entrada en carnes.
-Pero Remedios, si siempre lo ponías a parir!-  le contestó la de al lado.
-Sí, pero entonces estaba vivo- respondió ofendida la aludida.
-Tienes razón, pobre hombre, dicen que incluso lo violaron- afirmó bajando la voz-
-¿Tú estás tonta?, si era puro pellejo!,  aunque lo mismo tienes razón, que últimamente en el barrio hay gente muy rara- terció para finalizar mientras seguía observándolo todo para no perder detalle.
En los días siguientes confirmé que hice lo correcto. Con el luto ya pasado, las lenguas del barrio se afilaron y nadie tuvo ningún rubor en dar su opinión, era un mal bicho sin más. Decidí no dedicarle ningún pensamiento más.

-¿Manuel un café o bocadillo?, que a estas horas no sé yo.
La verdad es que dudé ante la pregunta de Andrés. Tenía la costumbre desde hace años de desayunar pronto en su bar, ¿15 años, quizás 20?, no lo sé sinceramente.
A primera hora café y más tarde volvía para tomarme ese medio bocadillo hasta la hora de comer.
-Un medio de queso y un café, Andrés.
Solícito y hablador en aquel pequeño bar del barrio donde el silencio de los parroquianos no solía ser la tónica, se me acercó con el pedido.
-¿Sabe de qué me he acordado cuando le he visto entrar?
Prosiguió ante mi cara de curiosidad por saber por dónde iba a salir
-Cuando venía con su señora a comer, ¿lo recuerda?
Lo dijo sonriendo, como si hubiese sido ayer y dentro de una semana, no se cumpliesen los diez años.
Un mal cáncer la arrancó de mi lado sin compasión. ¡Dios¡, no hubiera sido peor si me hubiesen torturado. Simplemente me mataron.
La dulce Ángela, la mujer que me soportó todos esos años, veinticinco para ser exactos. Veinticinco maravillosos años en que ella educó a un patán, a un buscavidas que siempre perdía, a un hombre que sólo con ella se consideró hombre, ¿cómo iba yo a olvidarme si cada noche sigo dedicándole mi último pensamiento antes de dormirme, y cuando me levanto aún tengo la sensación de oler su piel en esa cama tan vacía?.
-Perdone Manuel, me siento torpe, le prometo que me salió sin mala intención.
El pobre Andrés no sabía cómo disculparse viendo mi cara. Ante mi silencio murmuró una disculpa y se fue a servir a otro cliente.

Ángela... Su recuerdo por mi parte lo tenía controlado aunque ha sido muy duro volver a bajar a la calle. Simplemente no encontraba motivo para ello, era más fácil tener un poco de paciencia y esperar en la propia casa a que ella viniera a por mí, como lo había hecho siempre, y no me dejara solo.
Esos días odié profundamente a mi hijo, ya no vivía con nosotros desde hace años. Tenía una vida independiente, una novia y un buen trabajo, y aun así, cada día lo tenía en casa. Me traía comida y no me hablaba más de lo necesario.
Cada uno de los dos digería esa muerte. Bueno, exactamente él la digería, porque lo que es yo,  ya me había rendido. ¿Por qué no me dejaba en paz?, yo ya no quería luchar, joder!, yo ya sólo quería morirme!.
Le dije que perdería su trabajo si continuaba sin ir. Me respondió que ya encontraría otro, que su pareja lo apoyaba en eso, y que no iba a cesar en su insistencia de hacerme entender que su madre no consentiría el que yo no lo luchase por sobrevivir a esa ausencia.


Soportó mi rabia hasta límites que yo, estando en su lugar, sinceramente no sé si lo habría soportado. Fueron semanas muy duras hasta que me quedé sin fuerzas. Volví a salir a la calle, nada me importaba y seguía sin encontrar argumentos para vivir, pero la vida es terca y entonces tuve que luchar sólo con la culpabilidad de seguir viviendo.

Salí del bar de Andrés enfilando la calle Cruz de los canteros hacia arriba, camino de Montjuic. Donde esa calle moría, nacía la montaña, siempre pegada a las calles de esta ciudad, como dos amantes.
¿Por qué no? Hoy era un buen día para dejarse llevar. Perder el tiempo ganándolo en mantener viva la memoria.
Hacía mucho tiempo que mis pasos no me llevaban por estas empinadas cuestas que en ocasiones, solo eran riachuelos de tierra que a base de ser pisados, la tierra desistió de que nada naciera.
Sonrío recordando los largos paseos con Ángela por aquella montaña como si fuese ayer. Yo le contaba historias de cuando alguna vez también fui pequeño y junto a mi grupo de amigos, hacíamos de aquella montaña nuestro mundo.
En aquellas pequeñas plazas que se escondían por la montaña di mis primeros besos adolescentes. Ella se reía de lo que le contaba, quizás contagiada de cómo sin querer o quizás queriendo, lo iba reviviendo.
Sonrío mientras me siento en un banco vacío bajo uno de los árboles y como un golpe de brisa, vuelvo a mi realidad.
Desde que ella murió, ya no volví nunca más a pisar aquella montaña. Mis pasos cada día me llevaban más a esas calles del interior, algunas más oscuras, y otras simplemente atestadas de turistas. Ahí podía vivir más anestesiado, quizás esa fuese la palabra.
Uf, mis pensamientos me llevan de un lugar para otro, saltan sin permiso ni licencia.
Sería mal escritor, sin duda. Contaría antes quién fue el asesino antes de desarrollar esa trama.
Así fue mí encuentro con mi primera víctima, Mateo Garralde, aunque bueno, no sé hasta qué punto se le podría llamar asesinato, en realidad creo que le hice un favor. Fue exactamente el 23 de abril de hace tres años, lo recuerdo perfectamente a pesar de que mi memoria para nombres y fechas siempre ha sido un desastre, aunque eso precisamente no lo achaco a la edad, en realidad siempre he sido igual de despistado.
Me encontraba paseando por una parte del rompeolas, uno de esos lugares de difícil acceso donde por la noche, algunas parejas en coche, vienen a despojarse de algunas de sus ropas y deseos.
La tarde, aunque plácida, amenazaba lluvia, y absolutamente nadie, a excepción de un Audi color negro, había aparecido por allí durante aquellas horas.
Cuando retumbó el primer trueno miré desoladamente a mi alrededor, ni un triste bar en el culo de la ciudad!. Reconozco que es un hermoso paisaje, con su mar de fondo y todo pero... me iba a calar hasta los huesos por tonto!.
Me vi patético estando totalmente mojado y caminando en busca de un lugar donde guarecerme. Demasiado lejos de todas partes, decidí acercarme a aquel coche ante las primeras gotas que empezaron a caer. ¡Que se jodan¡ -pensé mientras me acercaba al coche- que follen después en su casa, yo lo que quiero es no mojarme!.
Golpeé con la mano tres veces antes de que la ventanilla del conductor se deslizara lentamente, mientras que yo, con la mejor de mis sonrisas, esperaba encontrarme como respuesta al otro lado una cara de cabreo ante un coitus interruptus.
Me miró largamente durante unos segundos con cara ausente, aquel hombre bien vestido se encontraba solo en el interior del elegante coche. Me observaba como quien observa el paisaje mientras que yo seguía mojándome. Parecía un espantapájaros caído al azar en ese lugar.
-Oiga, ¿Le molestaría dejarme entrar en el coche para no seguir mojándome?.
Era una pregunta un poco estúpida pues en realidad ya estaba más que mojado, pero vamos... ni me lo pensé!, me lancé hacia la otra puerta sin esperar respuesta. Me daba igual que se tratase de un pirado y quisiera violarme, que con mi edad ya no me ando con remilgos. Cualquier cosa antes que seguir mojándome, copón!.
Mientras le daba las gracias y le dejaba la moqueta del suelo y el asiento hecho un asco, le di las gracias mientras su silencio continuaba.
-Le puedo hacer una pregunta? -me soltó de sopetón sin levantar la cabeza-
Contesté rápido para evitar que me mirase y se diese cuenta que cómo le estaba dejando la tapicería
-Claro hombre, adelante.
Pareció pensarlo unos segundos antes de contestarme.
-¿Seria usted capaz de suicidarse?.
Me acordé de Ángela, de mis deseos de morir y mi cobardía ante el suicidio.
Recuerdo paseos por este mismo rompeolas, acercándome al espigón, y mis pensamientos constantes de acabar con mi vida. Nunca me atreví.
-No.
La respuesta fue concisa, no hacía falta más.
Levantó la cabeza y esta vez, un par de lágrimas surcaban su cara. Habló durante mucho rato mientras la tormenta arreciaba. Era un gran constructor, todo le había ido bien en la vida. Casado, con amante y dos hijos. Una vida perfecta pero unos cabrones le habían llevado a juicio y según parecía, estos habían ganado en los tribunales y al cabo de tres años y pico de la denuncia y sin más instancias a quien recurrir, tendría que entrar finalmente en la cárcel. Nada del otro mundo, dos años y poco que se quedarían en nada.
Digo esto porque según me contó él mismo, todo el dinero que consiguió vendiendo pisos sobre plano que jamás se construyeron, estaba a buen recaudo y él era insolvente.
Él no se arrepentía para nada de lo que hizo. Como bien me dijo, sólo son negocios donde unos pierden y otros ganan, así de simple, pero el hecho de ir a prisión, juntarse con todo ese tipo de gente y su miedo a ser tocado por otros hombres, era superior a él.
Cuando terminó de contármelo lo vi tan abrumado que hasta me dió pena. Le puse una mano por encima del hombro diciéndole que le entendía perfectamente y lo invité a salir fuera del coche ahora que había dejado de llover.
Le acompañé camino del espigón. Se le veía feliz de haberlo contado y de que alguien le entendiera, hasta me sonrío. Las olas llegaban todavía furiosas y batían con fuerza contra las rocas.
-¿Ves?, este es un magnifico lugar si te quieres suicidar, y así les das por culo a esos que arruinaste y te quieren joder.
Yo se lo dije para que viera la parte buena del asunto aunque no sé yo, le empezaban a temblar las cañillas y no le veía muy seguro de querer hacerlo.
-No sé, esto es muy serio y mejor me lo pienso unos días -me dijo volviéndose hacia mí con una estúpida sonrisa en su boca.
-Vamos Mateo, para qué pensártelo más si total ya tienes claro que lo vas a hacer? -le dije tratando de convencerlo mientras observaba que el cielo volvía a oscurecerse de nuevo.
-Mejor lo dejo, pero vamos, que el lugar está muy bien, te lo aseguro...
Joder, el tío no se decidía y yo ya me estaba viendo de nuevo mojado bajo la lluvia.
-Anda, no seas tonto -le dije mientras ponía la mano en su hombro.
No sé si se asustó o qué coño pasó pero un pié se le resbaló y se pegó de bruces contra la roca que estaba a un metro más abajo. Di automáticamente un paso hacia atrás porque estas rocas son muy traicioneras y aun acabaríamos los dos teniendo un accidente tonto!.
Escuche unos gemidos y asomé con cuidado la cabeza. El pobre Mateo estaba ahí como un pollo mojao', y para lo que había sido la caída, no tenía más que un hilillo de sangre en la cabeza.
Entre el ruido de las olas y la tormenta que volvía a tomar fuerza, hasta la tercera ola no se lo llevó el mar.

Mientras volvía corriendo al coche con la lluvia arreciando, pensé que este hombre por mucho que lo desease, le hubiese costado una eternidad cumplir sus deseos. Mientras volvía corriendo al coche con la lluvia arreciando, pensé que este hombre por mucho que lo desease, le hubiese costado una eternidad cumplir sus deseos.


1 comentario:

Spirit dijo...

Te iba a enviar el comentario por whasap, pero como igual era mucho escribir lo escribo aquí en este propio espacio y así no tengo que escribir con las letras en pequeñito;

Pues ando intrigado de cómo seguirá el asunto, que he de reconocer has planteado bastante bien y genera interés y ganas de más. Creo que con el tiempo (y una caña) has desarrollado un estilo cada vez más marcado, el estilo "Carlos", que viene a ser una mezcla de cosas de humor, melancólicas, surrealistas y cierto "since of life", que es lo que los americanos llaman "cotidianidad". Esa mezcla cada vez es, o yo la percibo, cada vez más acentuada.

No obstante lo anterior, yo creo que aquí se da un salto bastante grande entre la parte de intriga/asesinato y humor surrealista y cotidiano y el recuerdo de la mujer con toda la melancolía. No sé....igual en los próximos capítulos se desvela, pero creo que hay un salto abrupto entre una parte y la otra que no acabo de enlazar....aunque intuyo que será enlazado en próximas entregas.

Allí estaré para verlas y leerlas, un abrazo.

pd: Yo hubiera cogido un montón de billetes de quinientos, hombre...

pd: Es cierto que todos los barrios tienen una leyenda urbana de un viejo mísero que vive en la austeridad...y luego tiene pasta por doquier. El de mi barrio los críos le llamábamos "Agonía", recogía cartones y nunca supe si en verdad tenía tres pisos como decían....

Juanma/ Spirit